MARITO Y GABO: 30 AÑOS DE HOSTILIDAD

Enero 14, 2007
Por César Hildebrandt
(Publicado por La Primera)

Se acaba de desmentir la reconciliación de esos dos grandes escritores que son Gabriel MARIO, GABOS Y ESPOSAGarcía Márquez y Mario Vargas Llosa.

Como se sabe, hace más de 30 años, en el vestíbulo de un cine mexicano, Vargas Llosa noqueó a García Márquez con un derechazo sorpresivo al mentón.

Como se sabe también, todo se debió a los coqueteos de caribe aventajado que García Márquez tuvo a bien lanzarle, en Barcelona, a Patricia Llosa de Vargas, quien se encontraba más que desconsolada porque Mario estaba en Nueva York y la pareja había tenido uno de esos pleitos recurrentes en los matrimonios.

El instinto de novelista alfa, aprendido en Aracataca, le dijo a García Márquez que era un buen momento para intentar la escalada. El cálculo fue errado y el truco de la ruta perdida y la noche estrellada al regreso de una cena colectiva no sirvió para nada: Patricia fue el muro de Berlín, la muralla china y la esposa en regla que siempre ha sido.

Cuando Mario regresó –que fue al muy poco tiempo-, Patricia le contó todo, con pelos y señales –bueno, felizmente había sólo señales en la frustrada aventura de don Gabo-. Mario, que para algunos casos sigue siendo el macho de Diego Ferré, juró vengarse. Y la ocasión se presentó en aquel cine mexicano, cuando el escritor colombiano se acercó a darle la mano, inconsciente de que Mario estaba al tanto de su intento traicionero. Inconsciente también de que el que pudo ser su rival de amores iba al gimnasio todos los días y tenía una pegada temible.

Ver a García Márquez tumbado en el mármol del piso –un testigo nuestro fue el desaparecido Francisco Igartua-, auxiliado por todos los que pudieron acercársele, preguntándose de dónde había venido ese recto de derecha, fue el acontecimiento social y chismográfico de la época. Ni él ni Vargas Llosa contaron jamás su versión de los hechos y eso se entiende: para ambos resultaba vergonzoso eso de querer entrar al descerraje en un matrimonio amigo, en un caso, y eso de sentir celos latinos demostrados a la mexicana, en el otro.

Vargas Llosa se sintió doblemente traicionado. En noviembre de 1971, bajo el sello de siempre de Barral Editores, colección Biblioteca Breve de Balance, había aparecido “García Márquez. Historia de un deicidio”, un libro monumental dedicado a estudiar a ese fenómeno de la literatura universal en el que se había convertido, en sólo cuatro años, el autor de “Cien años de soledad”. A ese libro, que era una biografía del Gabo y un análisis de lo que se ha llamado “el libro más importante del siglo XX escrito en español”, Vargas Llosa le había dedicado, como a todos sus libros pero en dosis probablemente más encarnizadas, horas, semanas, meses de acopio de información, análisis y redacción. Era un libro de 666 páginas –sí, 666- y era tan exhaustivo que llegaba a aburrir. Allí Mario comparaba “Cien años de soledad” con “Madame Bovary” y “El Quijote” y el deicidio del título consistía en que el mundo creado por García Márquez era tan ambicioso, estaba tan cósmicamente estructurado, era tan convincente a pesar de sus ilusionismos, que constituía un ejemplo perfecto de uno de los pocos sueños cumplidos en la literatura de todos los tiempos: el novelista como Dios pagano creando un universo paralelo, el novelista usurpando la Creación.

“Quien se sirve de toda la realidad humana como cantera para un fin tan egoísta y demencial (rivalizar con Dios) sólo puede lograr su propósito sirviendo esa vocación con un egoísmo y una demencia semejante”, escribe Vargas Llosa refiriéndose a García Márquez. El libro tiene como epígrafe una cita de Conrad de “El agente secreto” y, al final, un reconocimiento de Vargas Llosa a quienes hicieron posible su escritura. La lista la encabezan sus amigos “Mercedes y Gabriel García Márquez”.

Consumada la traición de Barcelona, el deicida sería Mario. Jamás volvió a hablar de García Márquez, aunque siempre lo alude cada vez que se refiere a los intelectuales que le toleran todo a Fidel Castro.

Decía Benavente, creo, que los enemigos sólo son temibles cuando empiezan a tener la razón. En este caso no nos movemos en el mundo calculable de la razón sino en el manglar de los gruñidos territoriales. Y, desde la perspectiva de cualquier ética, puede decirse que el derechazo de Vargas Llosa estuvo bien dado. Con lo que se demostró, por enésima vez, que se puede escribir con brillo insuperable, ganar el Nobel, ser un gigante de la creación y, al mismo tiempo, compartir con la humanidad las miserias más de entrecasa

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